Tuesday, February 21, 2023

Lo encarnado somos nosotros- Sobre La Pasión de Lispector.


    Amar los elementos que primero debemos divorciar, nomadismo del sentimiento hacia el objeto literal muerto: el placer que antes se ubicaba en una mentira de libertad ahora se convierte en una tortura. La ignorancia como falso paraíso cuando la ignorancia ya no es condición sino decisión, la decisión que es la madre del juicio. Leí a Lispector en su tribulación mientras Dios a un lado y los demonios por el otro la tironeaban de ambos brazos. Luego leí a Dios. Fue contradictorio, fructífero: la espalda de lo que pensamos cambia nuestro mundo, la espalda de lo que sabemos lo reafirma. 

   En la ventana vuela un collage de mis yo desechadas, anciano pan enmohecido. Pienso en el moho porque es la transmutación de lo viable a lo no viable: de lo digestible a lo enfermizo, pero solo para nosotros humanos: el moho es vida y crecimiento. Pero sabemos que ahí no. Sabemos. La filosofía no nos llevará a tragar el moho con gusto… ¿y entonces qué pasa cuando G.H. se come la cucaracha? La cucaracha ya no es más que el objeto literal y la acción pierde valor porque el lenguaje, el literalismo, pierde poder ante el espíritu vivo de lo humano, la composición de lo desconocido es ahora composición de lo conocido pero no alcanza a ser lo conocido jamás.

  Antes la mirada de un hombre me era algo desconocido y ahora es una criatura hermana. Y no necesité conocer al hombre para poder aceptar ese amor y ese misterio, sino redención. Antes la noche y su universo onírico eran algo desconocido a lo que temer y ahora es la seguridad en eso mismo que no se toca, que se conoce sin ver y se conoce desconociendo. Así como el alimento solo es alimento mediante su descomposición. Se des-compone para convertirse en información nutricional. Se des-conoce para conocer. Pero, ¿puede la fé ser objetivada en meros estados del corazón ante situaciones cotidianas de la carne? No en la verdad, no… solo objetivamos la fé cuando esperamos al salvador que ya llegó, intentamos encerrar a Dios en sus leyes como si no las precedió, le rezamos a las estampas, a las tradiciones, a una piedra atada a un collar. Pero la fé sí puede ser encarnada, eso es muy, muy diferente. Lo en-carnado es por fuera de la carne y comparte espacio con ella; es nuestro deseo de escribir poesía, lo encarnado somos nosotros.

  Una mochila huérfana se pudre en el desierto: ¿serán la pureza de una nube la leche y la miel? ¿O a través de su descomposición a un estado alimenticio la podremos entender sin razonar? Sé el amor, lo sé, certeza de mi pequeñez: existo donde la niñez que persigo es eterna, así como Dios es eternamente anciano.


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